Cuando en conversaciones entre amigos sale a relucir nuestra infancia cada uno habla de lo que más le ha marcado en la vida. Aquello que por considerarlo importante, recuerda. Todos nos emocionamos y contamos a modo hazañas cómo éramos y qué hacíamos. La conversación fluye durante un rato sin tregua, nuestros sueños e ilusiones florecen de nuevo.
Cuando recuerdo mi pasado me imagino como una niña inquieta, despierta y activa. Escondiéndome en un arbusto, corriendo tras un pueril niño que se enfadaba porque le alcanzaba; llorando porque no tenía hermanos mayores que me defendieran como mi amiga Leti que sí los tenía, riendo con los mismos que me habían hecho llorar, soñando con ser mamá o vendedora, recreando mi imaginación y haciéndola realidad a la vez, con piedras, arena o papel. Me imagino junto a otros y lo más importante junto a otros semejantes a mí.
Otros de mis amigos, en cambio, hablan casi con lágrimas en los ojos de las míticas series de televisión. Hacen memoria de cada personaje y cada escena, como si ellos estuviesen allí, presentes en un mundo que no era el suyo, siendo hijos predilectos de una dimensión virtual. Hablan exaltados de los juegos de la Nintendo o la Game Gear. Rememoran sus momentos Game Boy como lo mejores, equiparados a los pasados con un buen amigo de la infancia. Se recuerdan solos, junto con sus cosas.
Por un momento me siento desplazada sin saber que decir, intentando no mostrarme ridícula e ignorante ante tanto conocimiento adquirido durante años. Yo no recuerdo más que cuatro series con alguno de sus protagonistas, nada de Nintendo, Game Boy ni tan siquiera grandes colecciones de muñecas. Por un momento dudo de la calidad de mi infancia. Pero de repente imagino a un ser insignificante e ingenuo, sentado delante de un televisor durante horas, sin moverse, absorto ante una eclosión de imágenes, sin hablar…o a otra criatura pulsando exaltada las materiales teclas de una máquina cualquiera, creada por adultos; mientras va al colegio, en el recreo o en su hora de la merienda. Abducido por la pantalla, por su pantalla, sin mirar al mundo del que tanto desconoce, encerrado en un universo sólo suyo. Me apeno y caigo en la cuenta de lo afortunada que he sido. Mientras yo compartía mi tiempo con personas otros muchos niños consumían su infancia relacionándose con objetos. Sólo suyos. ¿No es esta la expresión más infame del individualismo ponderante en nuestra época? ¿No es quizá esa la peor desgracia en la que puede caer el hombre? La de estar destinado a la soledad desde los la niñez.
Aunque parezcan minucias o detalles triviales de la biografía de cada uno, la relación que hayan adquirido los infantes con sus iguales será la que mostraran el resto durante el resto de sus vidas: consigo mismos, con sus amigos, con sus hijos, con sus vecinos y compañeros de trabajo, en su matrimonio…
Los hombres actuales y de una manera más llamativa y alarmante los niños han pasado de entenderse como integrantes de una comunidad a considerarse como un seres sólitarios, independientes del mundo y rodeados de otros sólo accidentalmente. El niño postmoderno (puestos a clasificarlo dentro de un grupo distinto) ya no siente la necesidad de cumplir sus expectativas junto con otros. Sus ganas de jugar, de conocer o reír se satisfacen, en muchos casos, a través de un mundo irreal, virtual o en su defecto por un universo televisivo sin valores, creado por grupos empresariales, por factorías de morbo sin escrúpulos.
La necesidad infantil de humanidad, por descuido o comodidad, se suple con una buena dosis de materialismo. El niño postmoderno conoce al dedillo el uso y función de cientos de aparatos electrónicos que por desgracia le hacen creer en una falsa autonomía con respecto a sus semejantes. Y que, en cambio, revela una esclavitud hacia las cosas.
Sólo es necesario poseer (palabra clave en el individualismo) para tener diversión. Sin salir de casa, sin necesitar a otro, se puede encontrar la satisfacción que se busca. Los niños, que tienden a escoger lo más cómodo y placentero posible, prefieren quedarse solos, acompañados de mundos estimulantes donde casi siempre se puede lograr lo que uno quiere sin demasiado esfuerzo a salir y enfrentase con las dificultades que las mismas relaciones interpersonales generan. En ellos, también, se les acerca a cosmos fantásticos con tanto detalle que la realidad acaba pareciendo pobre, insulsa, aburrida. En otros casos, miles de historias se pasan ante los ojos de críos ensimismados de las nunca llegan a ser participes. Facilitando la formación de seres pasivos, sin iniciativa propia. Estos niños acaban siendo felices viendo pasar la vida sin haber aportado nada en ella.
Por el contrario, la gran mayoría desconocen las normas de sociabilidad o la importancia de la generosidad y la entrega en la amistad. La dificultad que supone ser junto a otros, que nadie puede ser sustituido por nada ni tan siquiera por nadie. Les cuesta entender que a las personas no se las puede suplir y, en el peor de los casos, olvidan que los otros no son meros instrumentos para su generadores de placer.
Replanteando el individualismo desde estos pequeños detalles, desde la infancia y sus comportamientos tan insignificantes en apariencia, podemos entender un poquito mejor los problemas que afectan a la juventud actual. Resulta más fácil deducir de dónde vienen y hacia donde irán (si no están yendo ya) las futuras generaciones. Entender la apatía, la desilusión constante en la que viven muchos jóvenes, el aburrimiento vital, la frustración de seres con una vida todavía sin hacer, el aumento de depresiones en niños y jóvenes. El incremento de los suicidios de menores. Son más fáciles de entender cosas tan desesperanzadoras como estas porque cuando el hombre deja de entenderse como lo que es para entenderse cómo lo que no le gusta ser, un principito solitario, nadie queda a salvo.
Las palabras, por tanto, son más importantes de lo que habitualmente se cree. ¿ Se puede pensar sin una lengua? Una persona, ¿puede tener ideas si no sabe cómo expresarlas? No es fácil responder a esta pregunta. Probablemente pueda tener ideas muy básicas, pero me resulta difícil de creer que pueda elaborar un pensamiento complejo. ¿Las palabras se basan en el pensamiento o el pensamiento en las palabras? ¿Qué condiciona a qué? Un niño expresa más o menos lo que siente sin decir ninguna palabra: se ríe cuando está contento, llora cuando está incómodo (no sabemos qué es lo que le incomoda, pero sabemos que no está a gusto)… incluso podemos saber si está soñando con algo tranquilo o todo lo contrario por la expresión de su cara. Podemos expresar cosas sin palabras. Visto así, habría que admitir que las palabras no responden al todo del lenguaje. Cuántas veces se oye la expresión: “Vale más una imagen que mil palabras”; no estoy del todo de acuerdo , pero en cierto modo he de admitir que sí que es así. A uno le basta con ver la cara de su madre para saber que está enfadada; incluso le sobra. Con una simple expresión puede adivinar, sin esfuerzo, la razón. Voy a ir un poco más allá: el tono de voz. Dejando de lado las expresiones, que nos dicen bastante sin necesidad de palabras, pensemos en el tono de voz de una persona. Sin escuchar lo que una persona nos dice, sabemos de forma instintiva más o menos lo que nos quiere transmitir. Sabemos cuándo debemos reírnos sólo por el tono de voz, aunque no estemos prestando atención a sus palabras; sabemos cuándo una persona nos está contando un problema, cuándo nos cuenta algo importante para ella o algo superficial; sabemos cuándo una persona se va a declarar mucho antes de que diga las palabras que lo verifiquen, ¿por qué lo sabemos? Por dos cosas: por la expresión de su cara y por el tono de su voz cuando simplemente está haciendo un preámbulo (normalmente absurdo) para entrar en contexto.
enseñar al mundo no sólo una parte de la realidad. Fotografiar Marbella en profundidad sería una pasada, pero cuando la intentas encuentras demasiadas barreras, pocos ricos quieren contar su verdad. La gente sin posesiones físicas, en cambio, te suelen abrir más las puertas, bueno los que las tienen (sonríe).
otras cosas, por qué ensucian…Se imponen medidas pero no se buscan soluciones. Se intenta erradicar el botellón, cortándole únicamente las puntas, si lo que preocupa es el nuevo modo de diversión de la juventud, la solución no vale. 
