Desde los comienzos del pensar, se ha buscado la verdad última, el fin al que todo tiende, con el propósito de resolver todos los porqués que afligen la mente humana. Verdad sólo hay una, que abarca la totalidad de fenómenos del universo como un todo armónico, en tanto que les confiere el sentido último. La verdad, así entendida, no da lugar a equívocos, únicamente puede haber una sola causa de todo lo creado.

Este concepto se ha desplegado de tal forma que no sabemos hasta qué punto está siendo bien empleado y si por el contrario se está borrando su significado original.

La causa la encontramos en la vaguedad que caracteriza al lenguaje ordinario, por tanto, de lo que vamos a tratar es de la verdad del lenguaje y la comprensión de éste. Los animales se desenvuelven en un mundo que al hombre no le basta, sino que tiene la necesidad de construir uno paralelo y representativo de éste cambiando las realidades tanto abstractas como materiales por signos o entidades denominadas palabras. Es una forma de constatar sus vivencias, de procesarlas mentalmente con más claridad y de comunicárselas a otros. La dificultad de este desdoblamiento del mundo es que supone una pérdida del sentido primario de la palabra. Esto ocurre al pasar por los diferentes ámbitos mente-lenguaje -mundo, que no son similares, ni siquiera convertibles.

Aquí se origina la gran dificultad: intentar abstraer la esencia de las cosas del mundo, conformando ideas para ser procesadas mentalmente y posteriormente, por convención, atribuirles a cada una de ellas, una palabra que las represente. Realizar esto con un sentimiento es demasiado complejo: todos entendemos lo que significa tristeza, pero es algo subjetivo, se entiende de tantas maneras como personas hay, y parece por tanto imposible abarcarlo en un mero concepto. Ocurre de la misma forma con ciertos valores como la belleza, “lo mejor”, etc. Sin embargo, así lo hacemos y sirve para entendernos o creer que nos entendemos unos con otros, y así la rigurosidad se desvanece. Lo relevante aquí es la precisión de los símbolos. Las matemáticas, por ejemplo es una ciencia incuestionable ya que posee verdades universales y necesarias. Nadie duda de que 3+3=6 y sin embargo esta ciencia atraviesa el mismo camino que el lenguaje, se procesa mentalmente, y se le atribuye por convención un signo diferente para cada número y operación. Con esto quiero decir que no hay ambigüedad alguna, cuando digo “una manzana” todos, por igual, entienden de la misma forma la unidad. Esto es así, por que su signo no da lugar a errores, no puede haber una doble interpretación del número “1”. Esta precisión en la comprensión de los números, no la encontramos en el lenguaje porque la palabra es un símbolo muy ligado a la cultura, va sufriendo cambios y se va matizando según el marco espacio-temporal en el que se desarrolla. Puede dar lugar a confusiones a la hora de emplear una u otra palabra. Por ello, radicalizado puede llevarnos a la imposibilidad de la comunicación entre los miembros de una misma sociedad.

Es necesario para una mayor transparencia en el habla, tener un amplio vocabulario, lo más exacto y conciso posible, con el fin de que la interpretación se corresponda con lo emitido. No es lo mismo decir que uno está triste, que es un adjetivo muy general y sencillo, que intentar expresar angustia, melancolía, desasosiego, nostalgia, inquietud que en muchas ocasiones se utilizan como sinónimos. Si se expresa algo con las palabras adecuadas, en la mayoría de casos, ya no es necesario dar una argumentación complementaria. Con esa primera explicación, basta.

Y por otra parte, el contexto en el que el enunciado es emitido es relevante. En el caso del lenguaje político, esto se ve con frecuencia. Una gran cantidad de términos llevan implícitos mensajes, connotaciones, eufemismos, etc. que en el lenguaje ordinario pasaríamos por alto, sin percibir esos pequeños matices que le dan fuerza y sentido al discurso. Al fin y al cabo lo que hay que percibir es que el lenguaje no es prácticamente nunca literal. Las metáforas constantes a las que no dejamos de aludir por su sencilla forma de hacernos ver con más claridad las cosas, es un ejemplo. Frases hechas, juegos de palabras, expresiones irónicas no dejan lugar a otra cosa que la interpretación, no a la simple lectura semántica. Se concluye así que la ambigüedad del lenguaje puede dar lugar a malentendidos lingüísticos si no se dominan los diversos ámbitos en los que se desenvuelve. Por eso me parece que para comenzar cualquier estudio filosófico, o para preguntarnos acerca de la verdad de las cosas, primero deberíamos atender a qué estamos queriendo decir con “la verdad” o con palabras que utilicemos para así fijar el marco en el que se va a desenvolver nuestra investigación.