Han sido muchas veces las que me he preguntado sobre las palabras; de dónde vienen, cómo se hacen, cómo a lo largo de generaciones se siguen utilizando con pequeñas evoluciones. Me asombra cómo los niños pueden aprender tan fácilmente una lengua, cómo son capaces de comenzar a expresar sus ideas y conceptos con sonidos que antes eran para ellos ininteligibles. Pero lo hacen, y además pronto y con poco esfuerzo. Sin darse cuenta. Nadie recuerda el momento en que empezó a hablar, ni por qué lo hizo. Nadie recuerda lo que pensaba cuando no entendía las palabras y cuando no sabía usarlas; quizá porque ni siquiera pensaba, o al menos, no de una manera que se pueda recordar, porque nuestros recuerdos están formados por imágenes, pero por imágenes que podemos expresar con palabras; si no podemos, los recuerdos son efímeros y se olvidan en poco tiempo.

Las palabras, por tanto, son más importantes de lo que habitualmente se cree. ¿ Se puede pensar sin una lengua? Una persona, ¿puede tener ideas si no sabe cómo expresarlas? No es fácil responder a esta pregunta. Probablemente pueda tener ideas muy básicas, pero me resulta difícil de creer que pueda elaborar un pensamiento complejo. ¿Las palabras se basan en el pensamiento o el pensamiento en las palabras? ¿Qué condiciona a qué? Un niño expresa más o menos lo que siente sin decir ninguna palabra: se ríe cuando está contento, llora cuando está incómodo (no sabemos qué es lo que le incomoda, pero sabemos que no está a gusto)… incluso podemos saber si está soñando con algo tranquilo o todo lo contrario por la expresión de su cara. Podemos expresar cosas sin palabras. Visto así, habría que admitir que las palabras no responden al todo del lenguaje. Cuántas veces se oye la expresión: “Vale más una imagen que mil palabras”; no estoy del todo de acuerdo , pero en cierto modo he de admitir que sí que es así. A uno le basta con ver la cara de su madre para saber que está enfadada; incluso le sobra. Con una simple expresión puede adivinar, sin esfuerzo, la razón. Voy a ir un poco más allá: el tono de voz. Dejando de lado las expresiones, que nos dicen bastante sin necesidad de palabras, pensemos en el tono de voz de una persona. Sin escuchar lo que una persona nos dice, sabemos de forma instintiva más o menos lo que nos quiere transmitir. Sabemos cuándo debemos reírnos sólo por el tono de voz, aunque no estemos prestando atención a sus palabras; sabemos cuándo una persona nos está contando un problema, cuándo nos cuenta algo importante para ella o algo superficial; sabemos cuándo una persona se va a declarar mucho antes de que diga las palabras que lo verifiquen, ¿por qué lo sabemos? Por dos cosas: por la expresión de su cara y por el tono de su voz cuando simplemente está haciendo un preámbulo (normalmente absurdo) para entrar en contexto.

Ahora, ¿sabríamos lo que quieren decir las expresiones y el tono de voz sin tener como base una lengua? Hay que pararse a pensar un poco para responder a esta pregunta. La expresión en una cara la entendemos porque previamente se nos ha explicado. Sabemos que nuestra madre está enfadada porque tenemos la experiencia, muy repetida, de que esa cara va acompañada de palabras que nos dicen que está enfadada. Si nunca hubiese acompañado ese gesto con palabras, ¿sabríamos lo que significa? Probablemente no. Lo sabemos ahora, pero porque ella se ha encargado de enseñarnos lo que quiere decir esa expresión a través de sus palabras. Todos tenemos la experiencia de estar hablando con alguien que, de repente, pone una expresión que nunca habíamos visto en su cara, y no sabemos lo que significa, ¡tenemos que preguntárselo! El tono de voz tiene la misma explicación, si cabe, más sencilla: a lo dicho, hay que añadir, que el tono de voz se “pone” hablando, utilizando las palabras. No hay tonos de voz sin palabras; son necesarias, lo demás sería estar entonando una especie de canción desafinada.

Las palabras son más importantes de lo que habitualmente se cree. En las palabras basamos nuestro pensamiento; pensamos, de alguna manera, lo que podemos expresar. Una lengua es la base, en cierto modo, de nuestra forma de actuar, de nuestra forma de entender, ¡incluso las cosas que no están formadas por palabras! Por eso, he de volver sobre la frase de: “Una imagen vale más que mil palabras”; es verdad, pero lo es ¡porque las palabras se han encargado anteriormente de darle un significado a una imagen! Es cierto que las palabras no forman el todo del lenguaje, pero hay que admitir que, desde luego, constituyen el “casi” todo.