Hay artistas que bordan el lienzo con su pincel, que representan la realidad con un perfeccionismo increíble que llega a resultar inquietante. Ponen ante nosotros la realidad exacta, la realidad que capta una pupila examinadora y exhaustiva: cada arruga, cada pliegue, cada friso o cuadro aparece plasmado en sus cuadros aunque aparentemente estos detalles carezcan de importancia alguna para el tema tratado. Otros pintores, en cambio, desdeñan ese tipo de plasmación o al menos prefieren orientar su obra hacia otras lindes. La realidad objetiva poco les interesa, les parece pobre, insulsa hasta incluso aburrida. ¿Quizá fea?En cambio, exploran en sus emociones, en lo que tal o cual objeto les sugiere, en lo que de esa mujer desprende con sólo mirar.
Este es el caso del desdichado Modigliani, pintor italino-judio que vivió durante la época
gloriosa del París de principios de siglo. Mont-matre y el Barrio Latino eran los lugares donde se le podía encontrar con aristas tan conocidos como Picasso, Diego RIvera, Soutin...
Además de por su desdichada vida, modela por Modigliani de una manera ruinosa segundo a segundo, es famoso por sus mujeres, por sus lienzos de enigmáticas mujeres desnudas. Mujeres que parecían salirse del cuadro y de la realidad para volar por el fántastico universo espiritual de Modi. Aunque algunas en apariencia portasen magníficos vestidos Amadeo lograba desnudarlas dejando al descubierto aunque no su cuerpo, sí lo más preciado, su alma. No me gusta ser exagerada nio inventarme cosas bonitas sin ton ni son, pero no se cómo explicar lo que este magnífico pintor me sugiere. Por ello simplemente he intentado describir más o menos el sentimiento que experimento cuando contemplo uno de sus cuadros.

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